En un ambiente sorprendentemente cordial, los mandatarios Donald Trump y Vladimir Putin estrecharon manos y caminaron juntos por la pista de una base militar estadounidense en Alaska, justo antes de dar inicio a una cumbre centrada en el conflicto de Ucrania.
Bajo el lema “En busca de la paz”, ambos ingresaron al salón de reuniones: Trump estuvo acompañado por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el enviado especial, Steve Witkoff; mientras que Putin llegó junto al canciller Serguéi Lavrov y el asesor Yuri Ushakov. Aunque en el cielo sobrevolaban aviones de combate y la tensión era evidente, no se ofrecieron declaraciones previas a la prensa.
Trump buscó proyectarse como mediador, advirtiendo que las conversaciones podían romperse en cualquier momento si no había avances. Sin embargo, señaló que si el encuentro resultaba productivo podría abrir la puerta a un acuerdo de paz en el corto plazo, aunque solo le concedió un 25 % de probabilidades de éxito.
Desde Kiev, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski rechazó cualquier presión para ceder territorio y reiteró que “los pasos necesarios deben ser dados por Rusia” para poner fin al conflicto.
La elección del escenario tampoco fue casual. El encuentro se realizó en Alaska, un territorio que perteneció a Rusia en el siglo XIX y que, por su proximidad geográfica y simbolismo histórico, fue considerado un punto estratégico y neutral para acoger la cita.
La comunidad internacional observa con cautela. En Europa y Occidente hay preocupación de que Ucrania quede al margen de las negociaciones, dado que Zelenski no participa en la cumbre.
